—Mamá, a veces pienso cosas que no me gustan.

—¿Qué cosas hijo?

—No sé…

—¿No quieres contármelas?

—Es que… me da vergüenza mami —dice el niño agachando la cabeza.

—Bueno, no te preocupes —le responde guiñándole un ojo—, pero quiero contarte una cosa sobre lo que piensas.

—¿El qué? —pregunta curioso.

—Verás…, tengo que contarte un gran secreto, un secreto que poca gente sabe.

El niño la mira con los ojos como platos y su mamá continúa:

—Tu no eres tus pensamientos.

—¿Pero qué dices mamá? ¡Están en mi cabeza!

—Es cierto, pero tú no eres ellos. Verás, la tarea de tu cerebro es pensar, así que piensa y piensa todo el rato; y se le ocurren soluciones a problemas, ideas geniales, ideas no tan buenas y muchas muchísimas otras cosas de todo tipo, y algunas también pueden ser bastante desagradables. Es… como una fábrica de pensamientos. Pero tú eliges los que quieres, como si fueses un comprador de pensamientos que se para a elegir los que más le gustan, los que le hacen sentir bien, los que le sirven. ¿Lo entiendes?

—Hummmmm, creo que sí mami. Pero es que me siento mal cuando pienso algunas cosas —de nuevo el pequeño se muestra cabizbajo.

—A todos nos ocurre, cariño, a todos.

—¿Ah, si? —El chico se muestra más animado.

—Si.

—¿A ti también?

—¡Claro! —contesta la mamá risueña.

—¿Y qué haces cuando hay un pensamiento feo que no te gusta nada nada?

—Pues pienso que es un coche de esos que pasan por la carretera a toda velocidad. Lo veo pasar y alejarse. Y ya no le doy más importancia.

—Es que… llevo pensando en eso que se me pasó por la cabeza todo el día mami.

—Entonces es como si hubieses comprando ese pensamiento en la fábrica, ¿verdad?

—Bueno…, sí.

—¿Y qué hacemos cuando compramos algo que no nos sirve?

—Pues devolverlo.

—¿Y qué tal si lo devuelves?

—Pero mamá… ¡esto no es una tienda de verdad! ¿A dónde quieres que lo devuelva?

La mamá se ríe divertida.

—Tienes razón. Pero se me ocurre algo… ¡Cierra los ojos!

—¡Vale! —contesta el niño divertido.

—Imagina… una enorme fábrica llena de pensamientos de todo tipo. Mira en tu bolsillo de la chaqueta, ahí llevas el pensamiento que compraste, ese que no te ha gustado nada. ¿Lo ves? ¿Lo imaginas con alguna forma en concreto?

—Si, sí. Tiene forma de piedra.

—¡Fantástico! Ahora vamos a entrar en la fábrica y buscar al encargado, que es un cerebro con patas, ¿te parece bien?

—Sí, es muy divertido.

—Bueno, pues ahora pídele disculpas por haberte llevado el pensamiento que no era y devuélveselo. Puedes si quieres pedir otro pensamiento que te guste más a cambio, como cuando fuimos aquel día a devolver el chandal que compramos para el cole, ¿te acuerdas? Dejamos uno y nos llevamos otro que te gustaba más.

—Vale mami. Sí que me quiero llevar otro pensamiento, pero no sé cual…

—Ay, he olvidado decirte que en la fábrica pueden hacerte en el momento el pensamiento que tú quieras. Lo pides y te lo dan.

—Entonces ya sé cual quiero.

—Llévate uno que te haga feliz, y cuando lo hayas hecho abre los ojos.

—Mami, ahora lo entiendo. Puedo dejar ir los pensamientos que no me gusten, puedo quedarme con los que me gusten… ¡y además puedo fabricar yo mismo los que quiera!

—Así es cariño. Tú eres el dueño de tu mente. Tú decides con qué te quedas. ¿Sigue haciéndote sentir mal eso que pensaste?

—No, porque ya lo devolví mamá.

 

Tú no eres tu mente y los pensamientos se pueden elegir y cambiar. 

Enséñale esto a tus hijos porque es un gran aprendizaje que te ayuda a liberarte de una buena carga y a resolver problemas manejando mucho mejor las emociones.

 

 

© Ana Isabel Fraga Sánchez. Todos los derechos reservados.