La firmeza es una parte importante cuando hablamos de educación. También cuando hablamos sencillamente de relaciones, del tipo que sean.

No todo el mundo tiene el mismo concepto de esta palabra. No todos le damos el mismo significado (pensemos que cada quien interpreta el mundo en base a sus experiencias, creencias, carácter, influencias del entorno, etc.), así que para tener claro de lo que hablo voy a explicarte cual es mi definición.

Firmeza para mí es la constancia para mantener unos límites, la coherencia de cumplir con lo pactado y pedir que se cumpla también. Es una forma de mostrar respeto por uno mismo y debe hacerse con el mismo respeto por el otro.

Así que la firmeza (tal como yo la entiendo) debe tener unos ingredientes muy claros, o se puede convertir en otra cosa. Y lo cierto es que suele ser desvirtuada por algunos aditivos nada recomendables.

Por eso, huye de…

  • Gritos
  • Reproches
  • Mofa
  • Uso de frases poco constructivas que invitan a los enfrentamientos: “Lo haces porque lo digo yo”, “Ya te lo he dicho mil veces” ,”¿Es que no me escuchas?”, “¡Estoy harta de repetirte siempre lo mismo!”
  • Etiquetas: “Eres un desastre”
  • Presuponer mala intención: “¿Te estás riendo de mí?”, “Lo que pasa es que no te da la gana hacerlo”

Seguro que ahora te estarás preguntando cómo vas a ser firme sin utilizar nada de todo eso. Y lo entiendo, porque así era como nos mostraban firmeza a nosotros de pequeños. Aunque… esa, ya sabes, no es para mí la definición de firmeza. Si no más bien la de autoritarismo.

Sé que te puede parecer que no hay otras formas de ser firme. Sé que cuando muchos pensáis en firmeza os acordáis de aquella frase que todos hemos oído: “Si no lo haces por las buenas lo vas a hacer por las malas” Pero recuerda, eso no es firmeza. Y además, no enseña ninguna habilidad constructiva.

Pero sí que hay formas de ser firme. Te muestro algunas:


  • Dilo con amabilidad.
  • Siempre hay esta alternativa: En vez de “¡recoge eso ahora mismo!”, puedes decir “¡hora de recoger!” (acompañándolo de un guiño o una sonrisa)

  • Utiliza un lenguaje corporal de tranquilidad y seguridad, no de amenaza y enfado. Si no sabes a qué me refiero tan solo ponte delante del espejo y trata de sentirte cabreado. Mira cómo cambia tu cuerpo: la postura de tus hombros, la mirada, el rictus, la tensión de tu espalda y manos… Y luego recuerda un momento de tranquilidad y seguridad y deja que tu cuerpo adopte la nueva postura. Obsérvalo de nuevo. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué transmites? Usa esta postura para comunicarte. Verás que la información llega mejor y los enfrentamientos se reducen. Mira más sobre el lenguaje no verbal en este artículo.

  • Recuerda que lo más importante siempre es la relación con tu hijo o hija, así que si no estás en disposición de decir las cosas bien retírate un poco hasta que estés más centrado. No corre tanta prisa como creemos cuando estamos enfadados. Mejor dejar pasar el mal humor y después ya hablarás.

  • Ofrece ayuda (que no rescate): “¿Puedo ayudarte de alguna manera para que recuerdes la hora de la cena?” “¿Quieres que hagamos una rutina en una cartulina y así no te olvidas?”

  • Haz de recordatorio: “Es la hora de sacar al perro”, o señala tu reloj y luego al perro. Menos palabras y usar gestos a veces es mucho más efectivo.

  • Piensa antes de decir que no. Si debe ser no, entonces mantén el no. Si dices no pero al rato “bueno, vale”, estarás fomentando problemas.

  • Sé constante.

  • Sé ejemplo de lo que pides. Aprenden más de lo que ven. Más sobre esto de ser ejemplo (para que no te cargues con un peso que no es) en este artículo.

  • Utiliza el humor (que no la sorna ni la mofa): “Creo que ha debido estropeársete el reloj porque son las 6 y no te he visto correr al escritorio a hacer esos deberes de mates que te apetecen tanto”

  • Anima: “Sé que puedes hacerlo. No tengo ninguna duda”

  • Motiva recordándole todas las veces que lo ha logrado.

  • Cuando veas que lo hace por sí solo dilo, que se de cuenta de que lo notas: “Veo que te has acordado sin ayuda”

  • Señala lo que toca en la rutina.

  • Cógele de la mano y llévale

  • Empatiza y recuerda: “Sé que no te apetece nada recoger la habitación. Es un rollo, lo reconozco. A mí tampoco me gusta nada. Creo también que estás más a gusto cuando no te clavas los juguetes en los pies, así que… un poco de orden nos vendrá bien” Más sobre cómo ponerse en su lugar en este artículo.

¿Qué más se te ocurre a ti?

¿Crees ahora que puedes ser firme acompañándolo de mucho amor, amabilidad, humor y tranquilidad?

Sí que se puede.

Solo recuerda, no te castigues cuando no te salga, porque lo que marca la diferencia es lo que hacemos la mayor parte de las veces. Hacerlo siempre bien no es posible, más aún cuando tenemos un piloto automático que nos lleva hacia el otro lado. Practica, no te culpes y cada vez saldrá mejor. Seguro.

©Ana Isabel Fraga Sánchez 2019. Todos los derechos reservados.